Entrevista a Santiago Díaz-Bravo, autor de «El hombre que fue Viernes» 14 de septiembre de 2020 – Publicado en: Entrevistas – Etiquetas: , , , , ,

Tu novela se llama exactamente igual que la de Chesterton, El hombre que fue Jueves, pero en tu caso no se llama Jueves, sino Viernes ¿Qué importancia tiene el libro de Chesterton en tu historia?
 
La lectura de El hombre que fue Jueves partió de la recomendación de uno de mis profesores de periodismo en la Universidad Complutense, Justino Sinova, a finales de la década de los 80. Sinova era por entonces director adjunto de Diario 16, donde se publicaban día sí, día también, informaciones acerca de la implicación del Gobierno en la trama de los GAL. Aquel fue un cóctel sublime. Diario 16 por un lado, Chesterton por otro, hicieron que me percatase de que lo inimaginable puede suceder delante de nuestras narices, de que el ejercicio del poder tiende a demoler las barreras que le son impuestas y de que los muros que separan la realidad de la ficción a menudo resultan intangibles. Y también de que nada mejor que las realidades paralelas para disfrazar cualquier transgresión de las reglas y justificar toda ambición desmedida de poder. Esto último, curiosamente, se ha convertido en el sancta sanctorum de la política del siglo XXI.
 

¿Quién es Viernes?
 
Viernes es a un tiempo producto del éxito y el fracaso, además de digno representante del carácter fratricida de España. Del éxito porque se trata de un joven al que un país democrático y moderno, resurgido de las tinieblas de una dictadura, le ha dado la posibilidad de formarse con vistas a labrarse un futuro prometedor. Del fracaso porque ese mismo país le ha negado la opción de cumplir sus expectativas. Y es a la vez depositario del carácter cainita de una sociedad en la que las disputas se dirimen a hostias. Ahí están los libros de historia para refrendarlo. ¡España, ese gran productor mundial de coches, vino, jamón y guerras civiles!
 

Los protagonistas de tu novela son un grupo de españoles expatriados en Londres tras la crisis de 2008, Los Ahorcados, que se reúnen en un pub inglés con una horca sobre el río y fantasean con cargarse a famosos y a políticos ¿Quiénes son esos chavales? ¿Qué representan? 
 
Esos chavales se empezaron a ver en Londres a partir de 2009. No hay ninguna estadística fiable acerca del número, pero basta con darse una vuelta por la ciudad para llegar a la conclusión de que son muchos miles. Y el mismo fenómeno se repite en otras capitales extranjeras. Es una generación perdida, con el agravante de que probablemente se trate de la mejor preparada de la historia desde el punto de vista profesional. A esos jóvenes un país sin nada que ofrecerles los ha convertido en exiliados económicos. España hizo el peor de los negocios y el mayor de los ridículos.

¿Por qué el peor de los negocios y el mayor de los ridículos?
 
Porque se quebró el legado intergeneracional y los perjuicios económicos y sociales son irreparables. Lo previsible durante décadas fue que el esfuerzo de los millones de españoles que sufragaron la formación de cientos de miles de jóvenes se viese doblemente recompensado. Por un lado, esos jóvenes, cuando ejercieran sus profesiones, pagarían impuestos y consumirían bienes y servicios, devolviendo con creces la generosidad de sus mayores; por otro, su pericia y conocimientos redundarían en la modernización de la estructura económica y social de España. Pero al final ni una cosa, ni la otra. La caricaturesca realidad es que los españoles se han gastado una fortuna en formar a una generación que paga sus impuestos y gasta su dinero en Reino Unido, Alemania o Francia, países a los que al mismo tiempo regalan sus conocimientos. A la madre patria, de visita un par de veces al año para ver a la familia y tomar unos vinos con un plato de ibéricos. En la prosperidad de esa generación residía en buena medida la posibilidad de que España diese un salto adelante y dejase atrás un siglo de calamidades. Con ella, nacida en la España democrática, hubiese culminado el proceso de transición que comenzó tras la muerte del dictador, pero nos hemos quedamos a las puertas.
 

Dada la deriva de los acontecimientos políticos y económicos de estos últimos meses (de marzo a octubre de 2020), la realidad parece estar cada día más cerca del absoluto caos social y político de tu novela, que se remonta a los años posteriores a la crisis de 2008 ¿Por qué crees que tu novela cobra tantísima fuerza en el panorama actual? ¿Crees que tiene algo de profecía autocumplida?


Los efectos de la pandemia en una economía débil y escasamente dada a la metamorfosis como la española, donde el mercado laboral se ha ido desplomando durante décadas sin que se tomaran las decisiones adecuadas para evitarlo, amenazan con ser devastadores para todos, pero especialmente para los jóvenes. No es que la historia vaya a repetirse doce años después, sencillamente porque el lúgubre paisaje que describe El hombre que fue Viernes permanece vigente, sino que amenaza con recrudecerse. Los jóvenes, qué remedio, seguirán optando por abandonar su país, puede que en mayor número, y el resentimiento hacia la patria, la sensación de que les ha fallado, seguirá in crescendo. Obviamente, las economías de los países de destino también se están viendo afectadas por la pandemia, igual que lo fueron por la crisis de 2008. La diferencia es que esos países se recuperaron entonces y probablemente lo vuelvan a hacer ahora.

Una de las características principales de la novela son el humor y la ironía, que conviven permanentemente con escenas duras, cruentas y descarnadas ¿Qué importancia tiene el humor en tu libro?

El humor está presente en el libro porque forma parte inherente de la vida y como tal, de la historia. El humor reside en todos los rincones, también en los acontecimientos más solemnes, tristes y miserables de la existencia. Es cierto que en El hombre que fue Viernes acaecen hechos y situaciones hilarantes incluso en momentos dramáticos, pero, ¿de verdad alguien podría asegurar que tales hechos y situaciones no se producirían en la vida real? Mire a su alrededor. A sus familiares y amigos. A sus compañeros de trabajo. A sus vecinos. A los personajes públicos. Reflexione sobre lo que le cuentan. Ojee las páginas de un periódico. Abra un libro de historia… Entre las principales características del ser humano figura la de formar parte de un teatrillo del absurdo. Y la ironía se incluye en ese mismo paquete como uno de los recursos literarios más elevados. No dejas títere con cabeza en la novela: la monarquía, la democracia y toda la plana política están en entredicho (hasta vuela por los aires uno de los símbolos de la democracia española).

¿Quién se esconde detrás de esos actos? ¿Son Los Ahorcados los verdaderos culpables?

Permítame que no revele aspectos de la trama que el lector debe ir descubriendo conforme se sumerja en la novela. En cualquier caso, la búsqueda de culpables, uno de los deportes nacionales, es una de las actividades más complejas que puedan emprenderse. Desde un punto de vista jurídico, la culpa puede atribuirse con certeza, pero no ocurre lo mismo desde los ámbitos moral y ético. Como dije anteriormente, Los Ahorcados son el producto de un éxito y un fracaso nacionales, y también de esa arraigada costumbre patria de darnos garrotazos que tan bien plasmó Goya. Son, además, el eslabón más débil de la cadena. Lo son porque la inexperiencia es mala consejera, porque el resentimiento es un pésimo aliado y porque la fuerza de la utopía es tan colosal que apenas deja resquicio para el raciocinio. Pero, sobre todo, porque esa triple combinación los convierte en seres absolutamente manipulables.

A pesar de los actos terroristas que se perpetran, uno llega a simpatizar con los Ahorcados ¿Tiene algo de catártica la novela? ¿Por qué crees que el lector simpatiza con Los Ahorcados?

El roce hace el cariño. Y esa máxima vale también para los personajes de una novela, aunque sean los autores de hechos terribles. El lector acompaña a Los Ahorcados en su pasado y participa en sus aventuras, se convierte en compañero de risas y llantos, en compadre de inquietudes, miserias e ilusiones. Y abundando en la respuesta a la pregunta anterior, el lector advierte que repartir culpas es una misión harto difícil. No obstante, la reacción ante una novela se halla directamente vinculada a las creencias y experiencias de quien se adentra en sus páginas. También habrá quien odie a Los Ahorcados y desee atarles una soga al cuello.

En la novela no te cortas un pelo y haces desfilar por ella a toda la plana política y monárquica con sus nombres y apellidos reales, desde Federico Trillo hasta doña Letizia. ¿Crees que es un caso de justicia poética y literaria?

Entendí que carecía de sentido contar una historia basada en una situación real echando mano de personajes ficticios. Si la realidad me facilitaba los personajes, ¿por qué iba a hacerle el feo de rechazar tan amable oferta? ¿Qué sentido tenía crear un personaje llamada Perico Peláez y nombrarlo embajador de España en Londres en 2012 cuando ya existía uno de nombre Federico Trillo, con el que por aquel entonces incluso llegué a compartir una charla en una recepción en su residencia? ¿Por qué inventarme otros reyes si ya contamos con unos? Es más, ¿quién soy yo para coronar reyes? Eso es cosa de los Papas. En todo caso, la justicia poética no entra dentro de los objetivos de El hombre que fue Viernes, dicho lo cual cabe proclamar que cada palo aguante su vela.

¿Tienes miedo de ir a la cárcel?

¿Dónde hay que firmar? Si con ello logro vender más ejemplares de El hombre que fue Viernes, bienvenido sea el talego. Pero con mesura, oiga. Si le preguntase a mi editor, probablemente se alegraría tanto o más que yo. Bromas aparte, por supuesto que no. España es un país libre donde se respeta la libertad de expresión. Cuánto más tratándose de una novela. Que un escritor utilice personajes reales como recurso literario en nada contraviene lo estipulado por la Ley de protección al honor, la intimidad y la propia imagen. Es más, estoy seguro de que la mayoría de ellos lo encontrarán divertido.

Por último ¿Te consideras anarquista?

Uno de los personajes de Chesterton en El hombre que fue Jueves afirma, a mi entender sabiamente, que la anarquía solo la defienden los aristócratas, mientras que los pobres, a lo que yo puntualizo que el resto de la población, a lo más que aspiramos es a disfrutar de un gobierno decente que nos haga la vida más fácil. Las utopías son necesarias en tanto que permiten sacudir la historia para que avance, pero ay de aquellos que las convierten en compañeras de viaje. Ejemplos de esto último sobran, y no resultan nada recomendables. Aunque puede que mis personajes no sean de la misma opinión. Si tiene oportunidad, pregúntele a ellos.