¿A qué huelen las letras?

Colección: Tinta Roja

Sinestesia. Eso era lo que me pasaba, aunque entonces yo no conocía esa palabra. Por la sinestesia la letra a minúscula me olía a Sugus de fresa porque, claro, en mi cabeza era roja; las magdalenas pertenecían a la ambarina familia de la letra i, también minúscula, y sin ninguna duda la u, grande o pequeña, crujiría al morderla por su naturaleza de chocolatina envuelta en un brillante papel verde. Con la o no podía: me recordaba a la caca, a las grutas y a la oscura noche. Además me daba sueño, quizás porque yo siempre la veía marrón. E imaginaba la e como una feria llena de luces de todos los colores y estrellitas dentro. No encontraba nada extraño en lo que me pasaba, hasta que un día le dije a mi mejor amiga que las patatas cocidas no me gustaban porque tenían demasiadas aes… de lana. La cara con la que aquella niña me miró generó una grieta profunda en mi carácter espontáneo y enfrió nuestra relación hasta extinguirla.

En mi adolescencia aprendí que la sinestesia da nombre a una figura literaria que atribuye a un sentido el efecto que correspondería a otro. Si Gloria Fuertes había escrito «la voz azul del amante» y Juan Ramón Jiménez nos dejó «Es de oro el silencio. La tarde es de cristal», entonces no era para tanto lo de la patata y la lana. En realidad era poesía… Así que escribí en mi diario «¡¡¡No soy rara, soy POETA!!!», y dediqué melancólicas tardes a cultivar, con no muy buenos resultados,  ese rasgo mío recién dignificado.

La vida adulta me brindó la posibilidad de sacar partido a mi manía. Porque titular en prensa, sobre todo en la femenina, exige poética y creatividad. Y también las necesitan los enfoques de los reportajes manidos y las combinaciones de ideas repetidas temporada tras temporada. Mientras, debía mantener a raya las cada vez más variadas interferencias sensoriales, como la convicción de que los muebles mullidos estaban íntimamente vinculados al oscuro mundo de la letra o y que tragarse una cucharada de flan equivalía sensorialmente a regar las macetas de un balcón. Incluso una vez disfrutando del amor entre sábanas sentí que me encontraba paseando por una calle de Albacete, ciudad que jamás había pisado.

No es fácil aparentar normalidad cuando las cosas más cotidianas mantienen conexiones no consensuadas. Nabokov, padre e hijo de sinestésicos, las definía como pequeñas e inútiles alucinaciones, y explicaba:

«En el grupo marrón, están el rico tono gomoso de la g suave, la j más pálida y el cordón monótono de la h. Entre los rojos, la b tiene el tono llamado siena tostada por pintores».

No estoy de acuerdo: es una verdad universalmente conocida que la b siempre ha sido azul turquesa.

¿Y por qué cuento todo esto? Porque ese fastidio al que ya me había acostumbrado se  convirtió en un método cuando me dediqué a impartir clases de escritura. La cosa consistía en explotar esas relaciones insólitas entre elementos que, al menos en inicio, carecen de ese vínculo; de este modo, tanto la clase como su preparación resultaban más entretenidas. Encontré similitudes entre los verbos y el actor protagonista (ambos lideran la acción, algo que no hacen los estáticos y secundarios sustantivos, adjetivos ni mucho menos adverbios) o entre los ricos y las letras mayúsculas (los ricos también lloran y las mayúsculas también tildan). Superman y la abreviatura etc. tienen en común que el superhéroe y Clark Kent no puede estar a la vez en el mismo lugar, del mismo modo que cualquier versión de etcétera y los puntos suspensivos tampoco han de coincidir físicamente; son lo mismo solo que con distinto aspecto.

En mi delirio didáctico veía textos enfermos de grasas trans, con esas largas cadenas de oraciones intoxicadas de subordinadas y palabras larguísimas, que había que curar. Percibía que las oraciones estándar (Merecidas vacaciones, No te dejará indiferente, Te va a volar la cabeza…), además de los términos poco precisos (hacer, estar, cosa, tema, infinidad), son el gotelé de un escrito: socorrido pero cutre y carente de personalidad. Los hiatos me parecían barriobajeros por esa tendencia suya a saltarse las reglas de acentuación, mientras que a los diptongos, modosos y normativos, yo los encontraba burgueses. Total, que convertí la lengua en la ciénaga donde mi sinestesia chapoteaba feliz.

Y me vine arriba, lo reconozco, porque lo que había sido una piedra en el zapato hasta mi primera juventud se había convertido en una herramienta con la que contagiaba mi pasión por escribir. Pero quería más, necesitaba resarcirme del todo de aquel desprecio que, por mi rareza, percibí en mi amiga, y que extrapolé a la humanidad entera. Por eso he escrito dos libros en los que doy rienda suelta a mis disparates:  El increíble caso del apóstrofo infiltrado y Mari Tilde. Un consultorio ortográfico-sentimental, ambos editados por Pie de Página.

Y así he podido cerrar el círculo. Con dos lecciones aprendidas, además. Una es que las singularidades deben ser siempre motivo de orgullo, no de vergüenza. La otra, que podemos hacer muchas y divertidas locuras con la lengua en lugar de limitarnos a hablar con ella.

Cris Planchuelo

Cris Planchuelo

Manuscrito enviado.
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