No sos vos, es el texto

Colección: Tinta Roja

Durante años pensé que el problema era mío.

Me ocurría al leer artículos académicos, formularios, notificaciones de la Administración o determinadas noticias. Llegaba al final de un párrafo y tenía que volver al principio. Intentaba entender subordinadas que parecían no terminar nunca y releía algunas frases dos, tres veces —¡o más!—, pero no conseguía descifrar nada. Entonces, asumía que la culpa era por mi falta de conocimientos… o de inteligencia.

Sin embargo, gracias a la creciente visibilidad del lenguaje claro, descubrí algo liberador: muchas veces no era yo. ¡Era el texto!

Escribir para que se entienda

El lenguaje claro ha puesto nombre a una idea sencilla que, sin embargo, cambia por completo la forma de escribir: la responsabilidad de la comprensión no corresponde únicamente a quien lee, esa responsabilidad empieza en quien escribe.

No se trata de simplificar el pensamiento ni de renunciar al rigor. Se trata de expresar las ideas de manera que lleguen a la persona lectora y que esta consiga entenderlas. Un texto puede ser complejo sin ser confuso. Puede ser especializado sin convertirse en un laberinto.

Como correctora de textos, paso buena parte de mi tiempo detectando obstáculos invisibles: frases demasiado largas, subordinadas encadenadas, referencias ambiguas o términos que parecen precisos, pero que no comunican nada. Mi trabajo consiste en despejar el camino entre quien escribe y quien lee.

Curiosamente, esa experiencia también ha transformado mi manera de pensar a la hora de escribir.

La redacción en lenguaje claro

Ahora, cuando escribo, pienso en quién va a leerme y qué puedo hacer para que me entienda sin esfuerzo:

  • Hablo en primera persona y te trato de tú (o de usted, si prefieres que mantengamos cierto formalismo 😉).
  • Reviso cómo hablo acerca de las personas —de mí, de ti, de nuestra pluralidad— y procuro utilizar un lenguaje inclusivo en el que nadie se quede fuera.
  • Aprovecho la estructura básica de sujeto, verbo y complemento, aunque de vez en cuando me permito alguna variación para no aburrirte.
  • Escribo oraciones que no superen las 30 palabras… y, si una subordinada empieza a enredarse, te la divido en oraciones independientes, sin remordimientos.
  • Procuro evitar los tecnicismos, pero, si no me queda más remedio, los utilizo y te los explico.
  • Prefiero los verbos a los sustantivos: me gusta más actuar que observar cómo se produce una actuación. ¿Y a ti?
  • Me encantan los títulos y las viñetas (¿se viene notando en este artículo?); al final, una estructura clara te permite escanear el texto, ordenar las ideas y ubicar antes lo que necesitas.

Mi empatía, tu empatía, nuestra empatía…

Soy muy consciente de que, cuando leo, me salto las frases que “lo ponen difícil” y me detengo en las que consiguen transmitir algo. Desconfío de la complejidad y valoro la precisión: no sabe más quien escribe difícil, sino quien desenreda las ideas (¡momento ajá!).

Me encanta escribir y, por esa razón, ahora escribo más para vos y menos para mí. Quizá esa sea la enseñanza fundamental del lenguaje claro: escribir es un acto de empatía. Un texto no existe únicamente para quien lo escribe; existe, sobre todo, para quien lo lee y por quien lo lee.

Entonces, cuando la comunicación fracasa, conviene recordar algo que a veces olvidamos: no siempre sos vos, a veces, es el texto.

Gabriela Velázquez

Gabriela Velázquez

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