Entrevista a Jose Barroso en El libro durmiente

Entrevista extraída de El libro durmiente

Jose Barroso nació en Ronda (Málaga) en el año 1976, aunque reside en Madrid.

Tras más de veinte años de dedicado al marketing empresarial, inicia su carrera como novelista con El secreto de Aranda, una novela histórica ambientada en la reconquista que se vio sucedida por El ocaso de Alejandría y La caída de la república, ambas ambientadas en Egipto y Roma, y con Cleopatra y Octavio Augusto como personajes centrales, respectivamente.

En 2018 publica su primera novela negra, El enigma Quijote, un imaginativo thriller policiaco que juega con un secreto que Cervantes dejó oculto durante 400 años en la novela cumbre de las letras castellanas.

Amante de la historia sus enigmas y conflictos, intenta ofrecer una visión realista y documentada de los acontecimientos que relata a través de una concienzuda documentación.

En 2020 regresa a la novela histórica con En el nombre de Roma, un relato veraz, cercano y descarnado de la vida de Julio César.

Entrevista realizada por Marcos Rodes para ELD.

– En su biografía, recogida en la solapa del libro, leemos que, durante veinte años, se dedicó al marketing empresarial. ¿Cómo se produjo el salto a la escritura?

En realidad, la escritura convive conmigo desde muy joven. Con 13 años leí «Sinueh el egipcio» y supe que quería ser escritor. Deseaba poder provocar la catarata de sensaciones que aquella novela provocó en mí. Cosa distinta es el momento en que te sientes preparado para afrontar una novela y las editoriales se interesan por tu trabajo. Llegar a publicar supone una larga travesía por el desierto que solo deja ver sus brillos al final del camino, pero escribir, he escrito siempre.

– Es su segunda novela histórica ambientada en Roma, y en ambas aborda el final de la república. ¿Existe alguna motivación especial en ello?

El periodo me parece muy constructivo a nivel social, repleto de acontecimientos interesantes y cuyos ecos llegan hasta nuestros días y con una pléyade de personajes inmortales que no se ha dado nunca antes ni después. No solo hablamos de Julio César; está Cleopatra, Marco Antonio, Cicerón, Craso, Pompeyo…, todos y cada uno de ellos podrían dar vida a una novela por sí mismos. Digamos que es una fuente inagotable de historias, cruces e intrigas que me apasiona. Mientras más leo e investigo, más quiero escribir sobre ello.

– Cuando se decidió a contar la vida de Julio César (uno de los personajes de la historia sobre quien más se ha escrito), ¿sintió vértigo en algún momento o, por el contrario, tuvo la convicción de estar aportando una visión integradora y original sobre su figura?

César es una responsabilidad en sí mismo. Desde luego estaba convencido de que escribiría esta novela desde hace mucho tiempo, pero también sabía que necesitaba más documentación, experiencia e incluso pericia como escritor para afrontarla. «En el nombre de Roma» es la novela que siempre quise escribir, pero tenía que esperar su momento. Conocer mejor las circunstancias que rodearon a César, crear el ambiente adecuado y tener el convencimiento de que podía aportar nuevos matices nunca vistos. La redacción de la novela me llevó 4 años, la convicción para escribirla, puede que 20.

–¿Qué suceso, comportamiento o cualidad de Julio César le ha conmovido más? ¿Cuál le ha provocado mayor admiración? Y, ¿cuál mayor rechazo?

César se adelantó a su tiempo unos cuantos siglos. Su preocupación y devoción por las clases más desfavorecidas es ejemplar: les defendió sin coste en los tribunales, creó el primer sistema educativo gratuito para los necesitados, abogó por la creación de empleo y el reparto justo de la riqueza…, parece que estuviésemos hablando de un político del siglo XX, pero eso ocurrió hace más de 2000 años.

En el apartado negativo creo que en la novela no me ando con paños calientes con sus crímenes de guerra. Probablemente, el mayor genocidio de la historia lo llevó a cabo César en las Galias y no por escribir desde la admiración general, oculto esa faceta oscura y reprochable. Los excesos romanos en las Galias fueron innumerables y enormemente cruentos.

En el nombre de Roma se aprecia la exhaustiva labor de investigación, así como el proceso ordenado y clarificador de los datos obtenidos. Sus 835 páginas, sin adornos innecesarios ni muestras de erudición gratuitas, son una muestra de ello. ¿Nos contaría algo al respecto?

En una ardua labor, sí. A lo largo de muchos años, y hablo de más de 20, he leído, anotado y ordenado toda la documentación que iba a ser necesaria para «En el nombre de Roma». La bibliografía que acompaña a la novela da cuenta de ello y creo que cualquiera puede apreciar que no es un trabajo de unos meses. Y después de leerlo, hay que ordenarlo y separar el grano de la paja. Por poner un ejemplo, tenemos el asesinato de Julio César. Son cuatro los autores que hablan del suceso: Suetonio, Plutarco, Cicerón ―que estaba allí―, y Nicolas de Damasco. Sin embargo, sus versiones son contradictorias. Suetonio nos habla de sus últimas palabras, aquel «Et tu, Brute» que después Shakespeare manipuló. El resto nos dice que murió en silencio. Tampoco coinciden en el número de conspiradores ni sus motivaciones. En realidad, apenas hay coincidencias entre sus relatos. Entonces, ¿con cuál nos quedamos?, ¿cómo construimos esa escena? Dilucidar y acabar decidiendo la forma de abordarla es un proceso creativo que requiere de mucho tiempo y algún golpe de suerte en forma de inspiración.

En el relato ofrecido en «En el nombre de Roma» acabé contradiciendo la versión instaurada en el imaginario popular, con los riesgos que ello conlleva. Espero que los lectores que lleguen a esa escena comprendan mi motivación y perdonen las licencias.

–Mientras se documenta, y en el proceso de creación de sus novelas, ¿qué gusta de leer?

Siempre leo acerca de lo que escribo. Es mi forma de sumergirme en el universo en el que estoy inmerso de forma permanente. Me ayuda a estar en contacto con mi historia y sus personajes muchas más horas al día, aparte de las que estoy escribiendo. La inspiración es una amante caprichosa y hay que motivarla.

–¿Qué está leyendo en estos momentos, o leído recientemente, que le haya gustado? ¿Nos recomendaría algún libor y/o autor?

Igual le sorprendo. Estoy leyendo «Contact», la única novela que publicó el genial Carl Sagan y que fue llevada al cine bajo el mismo nombre en 1997 con Jodie Foster como protagonista. Últimamente he disfrutado mucho con «Manual para señoras de la limpieza” y «Patria».

–¿Recurrir a los clásicos es una opción para todo tipo de lectores, o esa es tarea para especialistas e investigadores?

Los clásicos no son fáciles. La forma de relatar ha cambiado a lo largo de los siglos y ahora la estructura clásica es difícil de abordar, además hay pocas adaptaciones recientes, por lo que el lenguaje a veces es confuso y complicado. Supongo que hay que saber bien por dónde empezar porque leer a Plinio sin haber tocado antes a otros genios de la época puede acabar en fracaso. En este sentido yo siempre recomiendo comenzar precisamente por Julio César y sus «Comentarios sobre la guerra de las Galias». No es una lectura sencilla, pero si plácida y entretenida. El general no pretendía trascender, sino entretener a las masas y, de paso, darse autobombo, por lo que repara en anécdotas y detalles enriquecedores. Es una buena lectura antes de embarcarse en las «Catilinarias» de Cicerón, se lo aseguro.

–En estos tiempos de virulentas tribulaciones, ¿qué podríamos aprender de Roma?

La república tardía, periodo en el que se centra «En el nombre de Roma», tiene algunas lecciones que darnos en lo que a la política se refiere. Me gusta destacar que la organización política, con enormes distancias, era individualista; en un senado compuesto por 350 o 500 miembros, no había partidos políticos, por lo tanto, cada decisión debía ser debatida, estudiada y acordada. Y cada día se lograban acuerdos. Las partes sabían ceder y trabajar por el bien común. Eso se perdió y fue precisamente la irrupción en escena de los partidos políticos lo que provocó primero la polarización, después las posturas irreconciliables y, finalmente, la guerra civil. Hoy en día el ascenso político es imposible sin partidos y muchas veces me pregunto qué aportan. ¿No podríamos los ciudadanos votar a los candidatos sin siglas y valorar después sus hechos y promesas (in)cumplidas?

Yo reiniciaría el sistema y volvería a votar a los hombres que se representan a sí mismos y a sus palabras, no a siglas ni organizaciones.

–¿Podría citarnos algunos elementos que le debemos a Roma? ¿Destacaría alguna cualidad que hayamos perdido en el camino?

Hay multitud de tradiciones nacidas en Roma que han llegado hasta nuestros días. Desde tomar en brazos a la novia al acceder al hogar tras las nupcias, la importancia de las redes comerciales y el consumo interno en las economías; buena parte de las bases de los sistemas legales occidentales…, recordemos que incluso conservamos su religión; el cristianismo fue el culto predominante durante doce siglos en el Imperio.

–¿Las respuestas a esta entrevista le ha trastocado el ritmo de sus escritos? Aunque no sea el caso, ¿en qué está trabajando actualmente?

Ha sido un placer charlar con vosotros y refrescar el periodo creativo de «En el nombre de Roma». Espero haber despertado el interés de vuestros lectores.

Actualmente trabajo en la que será mi primera novela de ciencia-ficción. Aún está en una fase muy temprana, pero ya va tomando forma. Espero poder publicarla a finales de 2022.

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