Entrevista a Luis Acebes por el lanzamiento de «La luz no es de nadie»

La colección Maresía de {Pie de Página} se viste de gala. Celebramos la publicación del poemario La luz no es de nadie, del escritor madrileño Luis Acebes. Este libro se une a un amplio catálogo que busca acercar la poesía a todos los lectores, sin embargo encontramos en estos textos algunas particularidades que los diferencian del resto. Lo comentamos con el autor en esta entrevista.

Dice Juan Romeu en el prólogo sobre tu libro lo siguiente: «Luis Acebes no solo era un autor que mereciera estar en Maresía, sino que, con siete sobresalientes poemarios ya publicados, se podía considerar uno de los grandes poetas de la actualidad» ¿Cómo te sientes ante estas palabras?

Agradezco mucho la intención de sus palabras, pero debo decir que son profundamente exageradas e inmerecidas. Desde que empecé a escribir siempre he sentido aversión por ser denominado o considerado poeta. Me parece una etiqueta desmesurada, y una romantización superlativa sobre un hecho íntimo como es la escritura. En todo caso, el poeta puede ser llamado así mientras escribe poemas. Define una acción limitada en el tiempo, como el mago que lo es mientras está en un escenario y recibe la atención de un público que espera ver magia.

Por otro lado, creo que nadie estaría capacitado para confeccionar un ranking de los grandes poetas de la actualidad. Yo, al menos, no. Es el tiempo (su paso largo) el que acaba decidiendo todo eso. Dichas estas breves consideraciones me quedaría solo en lo de «un poeta de la actualidad», y siempre teniendo en cuenta que mi tiempo de vida me vino impuesto, así como esta absurda manía de escribir poemas de vez en cuando.

La manera de publicar en Maresía es peculiar: los poemas van acompañados de un breve comentario que busca acercar este género a todo tipo de lectores. En el caso de La Luz no es de nadie eres tú mismo el que comentas tus textos, ¿cómo es enfrentarse de nuevo a lo que uno escribe? ¿Cómo ha sido para ti este ejercicio de desentrañar tu poesía?

Cuando Juan me habló de todo esto reconozco que me hizo pensar. La primera reacción fue decirme a mí mismo que era una redundancia. El poema se debe defender solo y se debe explicar por sí mismo, independientemente de la luz o la oscuridad que traiga encima. Fue después de algún tiempo hablando con él cuando empecé a descubrir el sentido que podría aportar en un poemario esta práctica de cierto  «comentario de texto» que viniera a aportar algo que no podía ofrecer el poema por sí mismo.

En mi caso he tratado (más que de una explicación) de crear el poema del poema, con el espíritu de las secuelas o de las precuelas, vete a saber, porque no tengo claro si tal información debería anteceder o suceder al propio poema. Lo bueno es que la poesía juega siempre en un campo de absoluta libertad, y como tal hace honor a cualquier improvisación que camine en la misma dirección que esa libertad. Escribir un «poema del poema» me ha servido para adentrarme en las resonancias más escondidas de lo que quería transmitir. He bajado a una profundidad en la que he podido hallar sentidos e intenciones que, de otra forma, hubiesen quedado ocultos. El proceso de la escritura es extraño y difícil de definir. Cruzas puertas, bajas escaleras, caminas a oscuras, te paras, sigues, tiemblas, te reniegas. Y a veces, incluso, crees llegar a alguna parte.

En el poema Posible epitafio ofreces a los lectores un interesante juego de echar la vista atrás e indagar en la propia biografía rastreando los hitos más importantes de la misma: lo sueños cumplidos o no, lo que has conseguido y con lo que te has conformado… Siguiendo lo propuesto en tu texto, ¿cuándo llega la poesía a tu vida? Viniendo del derecho y la publicidad ¿cuándo y cómo se produce tu encuentro con este arte?

Creo que comencé a escribir poesía a los 14 o 15 años. Lo hacía en una máquina de escribir blanca, una Olympia, creo. Hasta aquí todo suena muy normal. Los poemas eran terriblemente malos, copias de Mallamé, de Rimbaud, y en general de todos los poetas que por aquella época caían en mis manos. Creo que la emulación es el primer estadio de la escritura. Se empieza homenajeando a los que admiras. Está bien. Respecto al tema no podía ser otro que el amor. A esta edad tan adolescente es normal buscar espejos que te digan quién eres, y la poesía es uno bueno y al alcance.

El proceso acostumbrado es pasar de la poesía del tú (la amorosa) a la poesía del yo, más basada en la experiencia y con intenciones más metafísicas. Tanto en uno como en otro camino, desde aquellos años he ido teniendo una relación muy natural con la escritura. Hacerlo me ha hecho aceptar sus idas y venidas, sus desapariciones, sus eclipses, sus caprichos y sus alumbramientos, porque todo va en la misma maleta y resulta imposible separarlo. Entiendo la escritura desde mi propia experiencia. Keats decía que utilizaba su propia persona como puerta a lo universal. Me gusta esa idea. Creo que fuera de cualquier intención narcisista se corresponde con la honestidad y con el afán de verdad que debe perseguir cualquier poema.

Sobre lo de mi carrera profesional diré que, como muchos, siempre he tenido claro lo que me daría de comer y lo que me daría de vivir. Son dos mundos con los que he vivido y vivo. En ningún momento me he sentido tentado a la bipolaridad ni a cierta esquizofrenia creativa. Hay una pared que los separa, y lo bueno es que no tuve que hacer nada por levantar ese muro.

Volviendo al prólogo que te dedica Romeu, me interesa la parte en la que comenta lo desatendida que está, por parte del mundo editorial, la poesía que podría, y cito al propio Juan: «devolver la confianza en la poesía al público general». ¿Qué le dirías a este público general, que ha perdido la esperanza en este género, para que se acercase a tu poemario?

Creo que la poesía se defiende sola. No hay que hacer nada por ella. Es ella la que hace algo por nosotros cuando abrimos un libro y nos entregamos a su sentido. Además, existen muchos géneros poéticos. Cada uno debe encontrar el suyo de forma natural. Quizá alguien leyendo a Milton lo encuentre oscuro, hermético o solemne. Quizá prefiera una poesía más narrativa y cercana. Quizá te encuentres más cómodo ante un poema de Carver. No sé, hay tantas voces como lectores. Nunca he considerado la poesía como una única voz homogénea. No es un bloque de granito que alguien ponga en medio de una plaza. Y el acercamiento a la poesía no es obligatorio. Debemos mantenerla fuera de los programas educativos y del mundo de la obligación. Leer poesía es una opción íntima. De ahí nacerá el disfrute y el amor y el acercamiento.

Lo que le diría a alguien que no me conoce ni me ha leído es que abra el libro y lea un poema. Quizá obre el milagro y la curiosidad le pida leer otro. Funciona así. Los lectores son los que acaban haciendo poesía. El poema toma cuerpo cuando es leído y absorbido. Ahí está el milagro, y la gracia.

La luz no es de nadie es un libro que se lee desde un lugar muy nostálgico, pero una nostalgia positiva que nos recuerda lo fluido y huidizo del tiempo y nos invita a mirar atrás y observar quienes hemos sido. Esto es especialmente claro en el poema dedicado a la adolescencia de tu hija «Cuando discuto contigo» y en «Berlín». ¿De dónde surge esta necesidad de mirarse e intentar escribirse? ¿Y cómo es esta mirada sobre la propia vida: feliz, crítica, satisfecha…?

Me gusta el acercamiento de Adam Zagajewski en referencia al hecho poético. El poeta afirma que la poesía no deja de ser una leve exageración, entendiendo que esa alusión a lo exagerado no significa alejamiento de la verdad sino una ampliación del campo visual. Digamos que la poesía trata de ofrecer una realidad aumentada, en el buen sentido: una experiencia mejorada de la realidad, pasada a limpio, trascendida.

Podría decirse que mi yo poético es alguien que viaja conmigo pero no soy yo; o sí lo soy pero no de la forma en que lo es una persona de carne y hueso. Es alguien que comenta lo que siente, lo que pasa, lo que vivo. Y luego me lo cuenta, lo transfiere en la intención de las palabras. En muchos casos es un intérprete o un traductor que trata de que vea algo, que me quede con algo. Es como si me mirara y me dijera: «Levanta el pie izquierdo, creo que tienes un pequeño diamante en la suela del zapato».

Wallace Stevens decía que la poesía consiste en razonar sobre la realidad con una razón más tardía. Me encanta esta forma de ver el hecho poético, una razón tardía que de pronto aparece o llega o se manifiesta extrañamente para decirnos algo.

Sobre mi mirada poco puedo decir que no haya dicho en lo que escribo. Siento que es un camino, y que, como tal, tiene sus momentos y sus etapas. Trato de recorrerlo con alegría y humildad, cantando, celebrando la fragilidad, agradeciendo la oportunidad que te brinda cualquier momento de la vida. Pero todo esto creo que no tiene que ver nada con la poesía.

Al contrario que Rimbaud en El barco ebrio (poema en el que adopta la voz de un barco hundido) tú declaras, en el comentario a El otro, no ser barco ni poeta. También dices que un poema no deja de ser una excusa para demostrarnos algo… ¿Qué te has demostrado a ti mismo con este libro?

No tengo la sensación de necesitar escribir para demostrarme nada. A veces no sé muy bien de dónde llega. Simplemente llega. San Juan de la Cruz aseguraba que el primer verso viene de Dios y que los siguientes los tenía que escribir él. Me parece una buena reflexión. Lejos de cualquier tentación mística diré que es así. Muchas veces me siento como la secretaria de alguien que me dicta. Lo hace en silencio y en una lengua que a veces desconozco, pero lo hace. No me preocupa saber de dónde ni de quién viene sino el hecho de que quiera decirme algo. Ahí empieza siempre el poema, en esa intención, en esa tibieza compartida que de pronto se hace palabras.

Este libro es un agradecimiento a esa voz. No puede ser de otra manera. Nunca sabes si la voz regresará, ni cuándo, ni cómo. Me gusta creer que no habrá más libros ni más oportunidades. Esta creencia intensifica el proceso y hace que debas honrarlo con todas tus fuerzas.

Y para finalizar, después de este viaje maravilloso al pasado y la memoria que es La luz no es de nadie, ¿hacia dónde va ahora la poesía de Luis Acebes?

Ojalá lo supiera. Si fuera más pedante de lo que ya soy diría que viaja hacia el silencio, aunque decir algo así supondría un doble crimen: vanidad e ignorancia. Creo que ningún poeta que precie su trabajo sabe hacia dónde va. Es tan ridículo como preguntarle al viento a dónde se dirige. Escribir poesía es lo más alejado a la premeditación que conozco.

En todo caso, habrá que estar atento y esperar. No me preocupa saber hacia dónde va lo que escribo. Viaja conmigo. Lo que tenga que decirme lo dirá. Lo que sí siento es que mi forma de escribir se va liberando de ciertas cosas que quizá me limitaban. Creo que dispongo de más libertad, y de una agradable confianza para saber que lo que siga será lo que tiene que ser. Pero es difícil hablar de estas cosas. La poesía es un acto quebradizo. No hay nada natural en escribir poesía. No es respirar. No es levantar un brazo y coger algo. En su propia naturaleza reside el misterio. Siempre será así. Los que escribimos poesía somo meros transmisores. No inventamos nada. Solo contamos lo que creemos haber visto. Nada más. El poeta es un traductor no autorizado, un curioso que pasaba por ahí e intentó contar algo que por lo general permanece oculto a la mayoría.