Mariángeles García

Entrevista a Mariángeles García por el lanzamiento de «Belcarba no cree en los muertos»

En su canción, Resumen de noticias, Silvio Rodríguez decía: «He preferido hablar de cosas imposibles porque de lo posible se sabe demasiado». Con esta premisa, Mariángeles García se lanza a recorrer el pueblo de Belcarba a través de los ojos de una viajera que descubre, en cada uno de los habitantes de ese lugar inexistente en los mapas actuales, algo extraordinario, algo digno de contar al mundo.

Tras escribir sobre lengua, ¿cómo estás viviendo este estreno con relatos de ficción? 

Bueno, en buena parte, los relatos ortográficos son también ficción. Es verdad que están supeditados a la explicación lingüística que viene después, pero también hay que darle a la imaginación para escribirlos.

De hecho, te diría que el orden es el inverso: primero (y siempre) escribí ficción y luego, gracias a eso, llegaron los relatos ortográficos. Este libro es una vuelta a los orígenes, por decirlo de algún modo, un desquite.

Pero sí es verdad que Belcarba es diferente. Es escribir por puro gozo, por deleite, por diversión. Y suponen también una prueba, un reto: salir al exterior sin el respaldo de un premio como el Delibes y ver cómo funciona mi escritura fuera del ámbito lingüístico y laboral (porque los relatos ortográficos forman parte de mi trabajo en Yorokobu).

Y es también darle forma a un sueño, el de publicar mis cuentos cortos, algo con lo que la niña que fui soñaba a menudo. Así que sí, puedo decirlo muy alto y muy claro: estoy tremendamente ilusionada con Belcarba. Y tremendamente asustada, porque ahora todo está en manos de los lectores, de su criterio. ¿Les gustarán como les han gustado los relatos ortográficos? Yo creo que sí, pero…

¿Por qué eliges el relato?

Porque lo breve, si bueno, ya sabes, jajaja. Es un género que me gusta porque exige mucho de un escritor. Tienes que ser muy conciso y muy buen narrador, y tener la idea del argumento muy clara para poder contar una historia que sea comprensible y bien cerrada en unas pocas páginas. Con el plus de dificultad, además, de que sea un argumento y una forma de narrarlo que logre emocionar al lector, que logre atraparlo, a pesar de su brevedad. No digamos cuando esa historia se resume en un par de párrafos. En este caso, cuando alguien es capaz de removerte con unas pocas líneas me parece de una genialidad increíble. Ojo, que no digo que yo lo consiga, aunque me encantaría haberlo logrado con algunos microrrelatos que se incluyen en Belcarba. Hablo en general.

Por otro lado, me resulta muy divertido poder contar muchas historias y que sean diferentes, quizá porque me remiten a esa época en la que las personas se juntaban alrededor de un fuego o de una mesa para contarse historias, cada uno una distinta, solo por el placer de contarlas. Creo que en ese sentido hemos perdido el concepto de la literatura como mero entretenimiento; parece que ahora todo libro debe tener una intención, una causa, un mensaje…

A la vez, es un género atractivo (al menos, a mí me lo parece cuando me pongo en el otro lado) porque no exige al lector pasar horas y horas con un libro; no tiene que recordar dónde se ha quedado para no perder el hilo de la narración. En un libro de relatos, todo es más rápido y te permite liberarte antes para poder entrar en otra historia.

Aunque, bueno, si quieres que te diga la verdad de por qué me gusta escribir relatos… Básicamente, porque ni me sé enrollar ni me gusta hacerlo, jajajajaja.

Todos los personajes de Belcarba no cree en los muertos son del mismo pueblo y todos tienen un rasgo que los define muy bien. ¿En qué te has inspirado para darles forma?

En la realidad. Si te fijas, todos tienen rasgos que los hacen creíbles porque se parecen mucho a lo que podemos ser cualquiera. Gente que se enamora, que se enfada, que se ríe, que juega, que se desespera, que sueña… Lo que todos hacemos en nuestra vida, en resumen. Lo que les distingue es ese pequeño toque surrealista que les hace habitar en otro lugar que no es real. Y ese lugar es Belcarba.

También tienen mucho que ver con lo que a mí me evocaban en mi infancia los pueblos en los que pasaba mis veranos (uno en especial). Lugares un poco mágicos por la libertad que me generaban y en los que, a veces, pasaban cosas muy locas. Yo veía a las personas que vivían allí casi como gente de otro planeta. Muy distintos a mí, con una realidad muy diferente de la mía, que los hacía muy especiales y muy mágicos también. Y eso, de alguna manera, es lo que quería plasmar en los habitantes de Belcarba.

Has conseguido que los personajes bailen con la muerte sin caer en el drama. ¿Es difícil construir esa forma de narrar?

A mí no me ha resultado complicado, pero no sé explicar por qué. Supongo que tener mucho sentido del humor ayuda a ver algo tan serio como la muerte de otra manera. Siempre me ha gustado desdramatizar porque eso me ayuda a sobrellevar cosas tan duras como esta, por ejemplo. A mí me asusta terriblemente la muerte, me horroriza la idea de que me voy a morir. Pero imaginarla como que pasas a una dimensión más divertida, más loca, donde hay otro tipo de vida, me ayuda a llevarlo mejor.

Luego, si asumimos que la muerte forma parte de la vida, del ciclo natural de todos los seres vivos, algo inevitable…, pues mejor, como bien dices, «bailar» con ella, restarle importancia.

¿Qué es lo que más te ha gustado de todo el proceso creativo?

Ver que estaba siendo capaz de construir un universo, un mundo que, de existir, me hubiera gustado visitar. Y el hecho de escribir en sí, sin una obligación, sin tener que cumplir un plazo. Volver al origen, a escribir por el placer de hacerlo.

Y luego está el tema de las fotos, de los collages que acompañan a cada relato, eso ha sido muy divertido. Yo quería usar fotos de mi familia, de mis antepasados. Es algo que propuse desde el primer momento y que los editores aceptaron encantados. Me parecía que ese aire antiguo de los retratos en blanco y negro y en sepia ayudaba mucho a meterte en un mundo tan atemporal como el de Belcarba. Eran fotos que estaban colgadas, en su mayoría, en la casa familiar de mi pueblo y recuerdo que, de niña, siempre las miraba con atención, preguntándome quiénes serían aquellos señores y señoras tan serios. Por tanto, al idear Belcarba, tenía muy presentes aquellas imágenes y su estrecha relación con el pueblo, lo que me venía muy bien para vincularme a ese ambiente que quería describir y trasmitir.

El problema era que muchas de las fotos no encajaban técnicamente para poder trabajar con ellas y crear los collages, y tuvimos que buscar otros recursos (gracias, Samara; gracias, Gloria). Ha sido un poco comedura de tarro, pero también muy divertido, muy creativo. Creo que el resultado es espectacular. A mí me encanta.

¿Por qué Belcarba para el nombre del pueblo?

Belcarba es un baile de letras que parte del nombre del pueblo de mi padre. Me parece muy sonoro y muy rotundo a la vez, con personalidad. No quería poner un nombre real para que cada uno pudiera imaginar su propia Belcarba, no atarlo a un paisaje concreto (aunque las descripciones físicas del entorno sí correspondan a lugares determinados).

¿Existe un homenaje consciente en este libro a lo extraordinario de los pueblos?

Sí, sin duda. Es una reivindicación del orgullo de tener un pueblo, bien por nacimiento, bien por adopción. Quienes han nacido en un pueblo o, como yo, han pasado sus veranos en uno, saben bien de lo que hablo. En un pueblo pueden pasar, como ya he dicho, cosas muy surrealistas, muy alucinantes. Y no te hablo de aparecidos, ni de fantasmas ni de nada sobrenatural. En un pueblo podemos encontrar muchas historias familiares que dan para mil novelas. Además, la forma que tienen quienes los habitan de entender la vida, de vivir, de ver el mundo es algo que choca tanto con nuestra mirada urbanita que puede parecer todo muy loco a fuerza de ser muy cabal.

¿A quién le va a gustar Belcarba no cree en los muertos?

Cuando lo estaba escribiendo pensaba en ese tipo de lector que no busca otra cosa más que le sorprendan, que le hagan reír de paso y que le entretengan. Si te gustan las historias cortas, con una mínima base real pero sin intención de explicar el mundo; con un toque mágico, onírico, irreverente y quizá un poco locas, te gustará Belcarba.