Entrevista a Martín Parra, autor de «El animal más vivo» 22 de marzo de 2021 – Publicado en: Entrevistas – Etiquetas: , , ,

Martín Parra nació en Madrid en 1986. Se licenció en Historia y es autor de  las novelas El ansia (2020), Camille (2020) y Madrid-Düstópos (2019), así como el poemario Los días reiterados (2018) y la colección de relatos Ventriloquismos (2018). Acaba de publicar con Pie de Página su novela El animal más vivo en la que nos pierde y acompaña por un Madrid siempre vivo.

La ciudad de Madrid es la protagonista de El animal más vivo, pero es también una constante en el resto de tu obra. ¿Por qué Madrid? ¿Qué tiene Madrid?

Madrid tiene a mis ojos lo que Dublín a ojos de Joyce o París a ojos de Proust; es el sitio donde ocurro, me engaño, con más garantías, porque conozco todos sus rincones. Aparte de que es una ciudad muy rica en historias, lances; siempre gusta de estos equívocos. 

En la novela se adivina el espíritu del paseante decimonónico por excelencia, el flâneur, que, enfundado en un bonito gabán, patea y vagabundea sin rumbo la ciudad, por el mero placer de pasear. ¿Qué hay de él en esta novela? ¿Y en tu vida?

A veces pienso que más de lo que me gustaría. Ese paseísmo más o menos inconsciente es una forma de resistencia pacífica, el peripathos de los aristotélicos, solo que, en mi caso, la mayoría de las veces se practica en soledad, y los diálogos y discusiones son conmigo mismo. Pero sí; me reconozco en ello y así reconozco haber escrito esta novelita.

El animal más vivo se inaugura con un escenográfico incendio en la Puerta del Sol, durante la conmemoración del décimo aniversario del 15M. ¿Crees que Madrid sigue en llamas desde entonces?

Madrid nunca ha dejado de estar en llamas. Posee una imaginería que se mueve, casi sin avanzar un pie, del paletismo cosmopolita al madrileñismo paleto. Bidireccionalmente. Eso, claro, no puede dejar libre de llamas a nada ni a nadie, tiende a recoger todos los abusos. 

Además de la figura del paseante, el tono de tu obra es decididamente poético y simbólico. ¿Qué hay de Baudelaire en ti? ¿Arde en tu obra lo que el poeta francés llamaba spleen, esa mezcla de melancolía y tedio a la vida?

Sí, sí. Y recientes sucedidos en mi vida han venido a apartarme definitivamente de un intento de superar ese tragicismo interior, esa melancolía y emoción del tiempo (o sea, que no todo el mundo lo entiende y a algunes hasta les ofende tanto círculo concéntrico de ahogamiento, poesía y velocidad). Hará falta reconocer finalmente que no puedo salir de la circunferencia trazada en torno de mí. 

La ciudad está en llamas, pero también lo están los ocho personajes de la novela. ¿De dónde salen esas voces torpes, solitarias e incendiadas? ¿Qué relación hay entre ellas?

Lo parezca o no, el milagro del desequilibrio entre estas voces, ha ocurrido y me ha ocurrido. Son retales sesgados de historias completamente reales. La figura de Rüdiger padre es real, por ejemplo, lo mismo que las de sus hijos, Lola y Antonio. Algún lector que haya vivido la Transición podría reconocerlos. 

¿Vive el amor tiempos convulsos?

El amor es un símbolo al que hemos ido desacreditando. Era universal y como tal aparecía en todos nuestro relatos (míticos, fundacionales, domésticos). Hoy en día ha dejado de ser la universalidad incontestable que era; ¿para bien? En mi caso, el amor es un sitio muy concreto y muy privado, incardinado entre verdades generales y fuentes particulares. Fíjate. 

La voz del autor se funde con la de los ocho personajes de la novela ¿Cuánto hay de Martín Parra en cada una de esas voces?

De Martín Parra, o de su desarraigo, dicen mucho esas voces, sí. Cada una tiene algo de mí porque he querido que así fuese; limitarme a mis pequeños monstruos. “El hombre es infinito a condición de que se limite”. Voltaire es más infinito que nunca cuando se decide a cultivar su huerto. Yo he hecho de esas voces mi pueblo.

Por último, Martín, ¿me llevarías, como buen flâneur, a deambular y a ver arder Madrid de madrugada? ¿Dónde nos encontramos? ¿Qué ropa me pongo?

Te llevaría y sería, estoy seguro, un correctivo a algunas derivas insensatas de la ciudad. Le practicaríamos nuestra universalidad y llevaríamos puestos, con seguridad, un bonito par de zapatos.