«Las intrusas», entrevista a Santiago Díaz Bravo

«Acaso sea ese el mayor error de la civilización, creer que todo está hecho, que ya no resulta necesario que nos esforcemos para hacer el mundo más vivible».

Antes de nada, una pregunta que se debería plantear a todos los escritores, es decir, directa al corazón. ¿Qué derroteros de la vida te han llevado a escribir? ¿Qué es lo que pretendes transmitirles a tus lectores?


Los libros, la prensa, acompañaron mi infancia y mi adolescencia. Imagino que la única forma de llegar a la literatura y al periodismo es la lectura. No se me ocurre otra. Me sentía feliz leyendo, luego escribiendo, y decidí hacer de la escritura mi profesión. Fue así como desembarqué en el periodismo, la fórmula más sencilla de ganarse la vida con las letras. Lo de los libros llegó más tarde. ¿Qué pretendo transmitir a los lectores? Cada lector es un mundo. El novelista deja de ser el dueño de la novela cuando un tercero se sumerge en ella. Lo crucial no es lo que uno transmite, aunque, ciertamente, uno intente transmitir algo, sino el significado y la importancia que el lector decide conceder al texto.


Las intrusas es tu tercera novela. ¿Qué se siente al publicar un relato que refleja en cierta medida las victorias y los fracasos de una sociedad a través de unos personajes?


Retomo la respuesta anterior. Si algún objetivo alberga el autor de Las intrusas, es decir, el calvo con gafas que responde a esta pregunta, es hacerle ver al lector que la historia no se ha acabado, que sus renglones se escriben cada día. Por alguna extraña razón albergamos la sensación de que todo lo acaecido en los siglos anteriores tenía por objetivo conformar el escenario en el que desarrollamos nuestra vida. Acaso sea ese el mayor error de la civilización, creer que todo está hecho, que ya no resulta necesario que nos esforcemos para hacer el mundo más vivible, por evitar desandar caminos andados o desviarnos por senderos inciertos. La realidad puede dar bandazos inesperados. Retrocedamos, por ejemplo, a 1929. ¿Quién creía por aquel entonces que el mundo iba a embarcarse en la vorágine de sufrimiento que lo asoló años más tarde?


¿A qué retos te has enfrentado al plantear esta obra como continuación de El hombre que fue Viernes? ¿Ha sido difícil enlazarlas?


Desde un primer momento tuve diáfanamente claro que El hombre que fue Viernes formaba parte de un proyecto literario de mayor calado. Por ello, no me resultó especialmente complicado extender su universo a una segunda novela. Los personajes también lo sabían. Por eso se han portado tan bien en esta continuación y han seguido aportando lo mejor de sí y sorprendiéndonos.


A lo largo de la novela encontramos muchos nombres conocidos que pertenecen a las altas esferas. ¿Qué es lo que te inspira a escribir sobre temas distópicos basados en políticos y en las monarquías española y británica?


Al igual que El hombre que fue Viernes, Las intrusas echa mano no solo de personajes de carne y hueso a los que transpone hacia otra realidad, sino también de hechos históricos. La literatura cuenta con el poder de crear realidades, pero también de transformar la realidad existente, incluso de modificar el pasado. Mi planteamiento fue el siguiente: si algunos de los personajes que quiero para mi novela desfilan todos los días en la pantalla de mi televisor, ¿por qué diantres voy a inventármelos? Decidí tomarlos prestados. Entiendo que ello, además, aporta un notable atractivo a la trama. En cuanto a tratar asuntos políticos, no se me ocurre nada más interesante en estos tiempos que corren.

Por otra parte, en un pueblecito de Mallorca, Valldemosa, un grupo de jubilados se reúnen en un bar y allí inician una controvertida aventura. ¿Qué papel interpreta este grupo en la historia?


El grupo de jubilados ociosos que se embarca en lo que consideran un juego, sin percatarse del peligro que corren, supone el contrapunto a la trama que se desarrolla en Londres. Ambas historias se hallan vinculadas porque el mundo es un todo donde no caben compartimentos estancos. Al mismo tiempo, algunos de los personajes del entorno de los jubilados disfrutan de una especial habilidad para mentir, para crear realidades paralelas que ofrecen otra visión del mundo, acaso uno de los mayores peligros de las sociedades contemporáneas.


Daniel Esparza, Celia Paredes e incluso el matrimonio Lángara son expatriados, en algunos casos porque huyen de la justicia española. ¿Podríamos confirmar que es un guiño contemporáneo a las represiones políticas en algunas sociedades e instituciones?


Debemos retroceder a El hombre que fue Viernes, que parte de la crisis de 2008, cuando miles de jóvenes tuvieron que abandonar España porque el país se veía incapaz de ofrecerles un futuro. ¿Existe un fracaso mayor como nación? Esa necesaria expatriación provoca en sus protagonistas una sensación a mitad de camino entre la nostalgia y el resentimiento. Pero tal fracaso no es sino el síntoma de un fenómeno de mayor calado que se asienta en la propia estructura política. Las intrusas se encamina por tales derroteros.


Y, entre tantos personajes, ¿te identificas con alguno?


Uno escribe de lo que siente, sabe y conoce. Un escritor, como un periodista, no deja de ser una esponja que absorbe para luego exprimirse. En el caso de la literatura, en la dirección que a uno le plazca. No me idéntico con ninguno en concreto al tiempo que me identifico con todos a la vez. Dejemos de lado los más pervertidos, que los hay. Con esos no, que no quiero que me miren mal.


En tu libro nos encontramos con una Londres devastada por el caos. ¿Crees que algún día esta ficción podría llegar a ser real?


Permítame que sea yo el que pregunte. ¿Creía un madrileño que en 1930 paseaba por la Gran Vía que unos años después, sobre aquellos adoquines que pisaban sus hijos, iban a caer obuses? ¿Creían los laboriosos judíos de Berlín en 1935 que iban a acabar sus días en un infierno en Polonia? ¿Creía Kenji, el panadero de Hiroshima, que tras hacer el reparto matutino iba a caer del cielo una bomba atómica?
En tu novela tratas temas políticamente incorrectos o delicados. Actualmente vivimos en una sociedad que está caracterizada por el tabú y la censura mediática, ¿te has visto cohibido a la hora de abordar algún tema en concreto en la obra? En absoluto. Cuando uno actúa como periodista, mejor medir los pasos. Como escritor, sin embargo, se pueden dar saltos. Seguramente porque nadie presta atención ni importancia. Eso sí, ardo en deseos de comprobar las interpretaciones que se hacen de la novela. Pero, a lo hecho, pecho. Entiendo que quien pague los 24 euros que vale tiene el derecho de interpretarla como le dé la gana.

Para terminar como empezamos: removiendo sentimientos. ¿Qué es lo que sientes cada vez que terminas una novela?


Satisfacción, cansancio y agradecimiento. Satisfacción porque una novela es un proyecto de dimensiones descomunales en el que uno pone todo en juego. El simple hecho de marcar el punto y final cabe considerarlo un hito. Cansancio porque realmente es una actividad agotadora que requiere de todas las fuerzas, incluidas las reservas. Agradecimiento porque una novela no sería posible sin el apoyo de quienes creen en el escritor ni sin la profesionalidad de quienes lo apoyan en el ámbito editorial.

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