Con motivo del reciente lanzamiento de Puerperio, conversamos con Ivo Marinich, autor que ha sabido consolidar una voz singular en la narrativa contemporánea argentina y que llega por primera vez a España. En esta entrevista, Marinich nos comparte su visión sobre la escritura, la p/maternidad y lo que significa parir una historia tan visceral como esta, y nos permite asomarnos al universo complejo y profundamente humano que late en cada página de Puerperio.
Pregunta. En Puerperio hay una imagen central muy poderosa: un bebé eterno que ha pasado por los brazos de figuras históricas. ¿Cómo nació esa idea? ¿Qué fue primero: la criatura, la voz o la escena?
Respuesta. Es una pregunta muy interesante porque todo se reduce a eso. Al menos, en mi humilde experiencia, siempre se ha reducido a eso: una chispa inicial (y esencial), un pensamiento errante que fecunda la mente y genera un efecto dominó que uno no sabe dónde va a terminar. En mi caso, al igual que con Casa Güerci, fue eso, una idea que vino a pellizcarme. Agosto o septiembre de 2022, mi hijo Beltrán tenía unos tres meses. Sufría mucho los cólicos, pobre criatura (luego nos enteramos que era intolerante a la proteína de la leche de vaca), y nosotros, padres, pobres criaturas también, sufríamos la característica privación del sueño. Recuerdo que habíamos tenido una noche terrible y que, durante el desayuno, mientras Beltrán lloraba de nuevo por los cólicos pensé: «¿Cómo sería ser padre/madre de un bebé eterno, detenido en los tres o cuatro meses, con sus cólicos, su sueño fragmentado, su demanda?». Pregunta que, por contigüidad, lleva otra a caballo: «¿Cómo sería ser padre/madre en esas condiciones?». Insisto con la metáfora de la fecundación. Eso es una idea, ¿no?
P. El libro explora la maternidad como herencia, pero también como poder. ¿Qué te interesaba cuestionar o desestabilizar en esa relación entre lo materno y lo simbólico?
R. Es un terreno algo pantanoso, ¿no es cierto? Escribir sobre una noción como la maternidad que solo puedo concebir detrás de un grueso vidrio (mi mayor limitación, claro, es la corporeidad). De hecho, mientras a mi compañera le realizaban la cesárea, pensé eso mismo: qué rol inútil el del hombre; meros observadores, pasivos, impotentes desde el primer momento de la concepción hasta la dolorosa maravilla del parto. Sin embargo, como en Puerperio encaro la maternidad desde lo simbólico, me dio cierta licencia para avanzar sin sentirme, o sin sentirme del todo, desubicado. Madres como un camino de postas que, generación en generación, mantienen con vida, aún a costa de la suya, a la criatura inmortal que viene a encarnar el poder, la historia, el tiempo, el eterno retorno, la lucha de clases, y, sobre todo, una era de la humanidad.
P. Hay algo casi mítico o fantástico en la historia, pero también una narración íntima, muy contenida. ¿Cómo encontraste el equilibrio entre lo real y lo fantástico, lo histórico y lo personal?
R. Si tuviera que definir cuál es mi máxima como escritor, ubicaría en el podio al verosímil. Trabajo mucho el verosímil. De modo que una historia como esta, que implanta en la realidad un hecho fantástico como si siempre hubiera estado ahí, requería de una investigación importante; autores, obras, nombres propios, eventos históricos que contribuyan a la construcción de ese verosímil, de modo que se evite ese «ruido», esa incoherencia que tanto molesta en la lectura. Respecto a lo personal, puedo decir que, al menos conscientemente, no llevé al texto elementos de mi vida. De hecho intento alejarme un poco de esa corriente tan actual de ficciones atadas (¿amarradas? ¿prisioneras?) a lo autobiográfico, al ególatra Yo, a los efectos de un mundo que se centra cada vez más en lo individual en detrimento de lo colectivo.
P. El tiempo en la novela es algo maleable, denso, casi una presencia física. ¿Cómo trabajaste esa relación entre el tiempo y el cuerpo, entre lo eterno y lo cotidiano?
R. ¡Qué pregunta! Precisamente la noción del tiempo (las preguntas alrededor del tiempo durante mi cotidianeidad) es algo que me acompaña todos los días. Creo que Proust tuvo mucho que ver. También la filosofía. La idea casi insoportable de estar montados en una superficie que, pese a nuestros deseos, pataleos y broncas, no se detiene y no se va a detener; y que deja atrás a seres queridos, momentos entrañables, traumas, juventud… Encima, como si eso no fuera suficiente, la memoria se seca y agrieta, perdiendo fragmentos por el camino; de modo que uno olvida el tremendo gol que hizo cuando tenía 17 y, a su vez, y esto es mucho peor, olvida dictaduras, gobiernos empobrecedores, mensajes y advertencias de la historia que más vale llevar tatuadas. Porque hablar del tiempo es hablar del olvido, de la memoria, de la historia. El bebé, en ese sentido, es una resistencia a todo eso; con su mera presencia nos recuerda las vicisitudes del ser humano. Es un fuego que las madres, con su arrojo mártir, su amor incondicional, mantuvieron con vida para que el mensaje (lo humano en su maravilla y su contradicción y su innobleza) se perpetúe. En fin, para que la especie logre lo imposible: vencer el tiempo.
P. El título, Puerperio, remite al período físico y emocional posterior al parto, pero en la novela parece extenderse hacia una experiencia casi metafísica. ¿Qué significa para ti ese «puerperio» y cómo lo resignificaste en la historia?
R. La lectura que sigue a continuación define el texto, aunque prefiero que el lector saque sus propias conclusiones. En definitiva, como el bebé viene a representar una era de la humanidad, el puerperio al que hace alusión el título no es individual, sino colectivo. Una larga etapa humana caracterizada por incoherencias; así como la madre, durante el puerperio, a la vez recibe la bendición inefable de llevar un hijo en brazos y el doloroso reacomodamiento del cuerpo (órganos que vuelven a su lugar, procesos hormonales propios de la lactancia, vaivenes emocionales, entre otros), la humanidad ha convivido (y lleva en su esencia) emociones tan contradictorias como el amor y el odio; virtudes como la búsqueda del conocimiento y atrocidades como la guerra y sus derivados; genialidades del arte, la matemática, la astronomía, la ciencia, y banalidades como la industria cultural (¡la cultura rodando en la cadena de montaje!), la apología del algoritmo; en fin, la misma mano que da una caricia se cierra sobre sí misma y asesta el puñetazo. Una era, en definitiva, caracterizada por el incierto desplazamiento entre polos.
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