«La cara se ha hundido hasta quedar sepultada bajo incontables pliegues. Las sombras proyectadas por la lámpara acentúan los hoyos donde antes hubo carne. Desenfoco la vista y veo al hombre que fue. Su respiración es superficial: el poco aire que entra no consigue hinchar la caja torácica y al salir deja un rastro de silbidos y crepitaciones. La tía Carmen se asoma por la puerta entornada». Así comienza Nadie vive aquí (Pie de Página).