La filóloga riojana presenta su segundo libro, La emperatriz, una colección de poemas sobre la búsqueda, la aceptación y la pérdida
Pío García la entrevista para el diario La Rioja.
Su primer poemario, El comienzo, recibió el premio del Ateneo Riojano y se mantuvo varios meses entre los diez títulos de poesía más vendidos en España. Valle Mozas Ubago (Logroño, 1999), filóloga inglesa, presentó el pasado sábado su segundo libro, La emperatriz (editorial Pie de Página, dentro de su sello Maresía), un nuevo poemario que se abre con una elocuente cita de Emily Dickinson: «Si leo un libro y hace que mi cuerpo entero se sienta tan frío que no hay fuego que lo pueda calentar, sé que eso es poesía».
– En el último poema de este libro se lee: «Siempre tendré algo que demostrar». ¿Le da miedo defraudar expectativas?
– Es inevitable tener ese miedo. Lo que me demostró El comienzo es que, a través de mi propia creación, yo podía sentirme comprendida y sostenida por personas conocidas y desconocidas. Para mí, ese y no otro es el sinónimo del éxito: sentir que lo que hago tiene sentido. Que, cuando alguien lea La emperatriz, piense que un poema le ha ayudado, le ha emocionado, le ha hecho sentir algo.
– Su anterior poemario, El comienzo, tuvo mucho éxito entre los lectores jóvenes. ¿Se siente de algún modo voz de su generación?
– Uf. Esa es una afirmación gigante. Yo no considero que escriba para ninguna edad en concreto. El comienzo pudo tener más resonancia entre la gente más joven porque yo misma era muy joven. Los problemas que tenía entonces, con 23 años, las preocupaciones que tenía, coincidían con un momento vital importante: el de asentar tu identidad, el de descubrir hacia dónde quieres ir… Eso pudo conectar con ellos. La emperatriz se distancia de ese tono. Pero no creo que escriba nada que nadie haya pensado o sentido.
– Desde luego se ve una evolución. En este hay más madurez, también más nostalgia, quizá mayor oscuridad.
– Sí; con la madurez viene la oscuridad porque ganas consciencia. Este poemario me ha supuesto un ejercicio increíble de introspección que hasta ahora no había hecho. El comienzo estaba más basado en mis deseos, en el descubrimiento de mí misma, de lo que quería ser o hacer y ahora me he atrevido a mirar dentro y a ver las luces y las sombras.
– La experiencia de la muerte y de la enfermedad están muy presentes en este libro. ¿La poesía ayuda a explicar lo inexplicable?
– Totalmente. Decía Alejandra Pizarnik que escribimos poemas porque necesitamos un lugar en donde sea lo que no es. La muerte, la pérdida, el sentimiento de duelo… Te invaden como una ola que no sabes surfear y es muy difícil ponerle palabras a eso porque nos dejamos llevar por el sentimiento y ni siquiera tenemos la fuerza mental para entender qué nos está pasando. Ojalá algunos de estos poemas puedan poner palabras a esas emociones que tanta gente siente.
– ¿Escribe siempre pensando en el lector?
– Me encantaría decir eso, pero en realidad las cosas que escribo las escribo porque lo necesito. Escribo lo que oculto. ¿Dónde nace la vergüenza? ¿Dónde nace el miedo? Nacen cuando sentimos que tenemos que esconder cosas. Yo no quiero esconderlas, quiero hacer el ejercicio de escucharme, de entenderme y de sacarlo a la luz.
– Mencionaba antes a Alejandra Pizarnik. En el libro hay muchas citas a otros poetas: Walt Wilthman, Idea Vilariño, Sylvia Plath, incluso Jack Kerouac. ¿Se siente cómoda si decimos que son sus maestros?
– Me siento completamente cómoda. Yo quería que todos los prefacios de los capítulos fuesen citas relacionadas con el arte de crear. No son versos elegidos por casualidad. Por ejemplo, el de Sylvia Plath: «Puedo elegir entre ser incansablemente activa y feliz o introspectivamente pasiva y triste». Son versos que tengo anotados en mi cuaderno desde hace mucho tiempo y a ellos acudo como inspiración y como consuelo. Antes que escritora soy lectora. He crecido con esas referencias y las sigo buscando.
– «Versos directos y sin artificios», dice la solapa. ¿Hay algo más difícil que escribir de manera sencilla y precisa?
– Decía Borges que un poema ha ganado cuando el lector sabe que no está leyendo una historia, sino la manifestación de un anhelo. Esa sencillez es la mayor complejidad. El hecho de no usar la metáfora más elevada o un lenguaje rocambolesco no significa que te hayas ido a lo fácil. Hay que saber exactamente qué palabra decir, cuándo y cómo para que el mensaje se convierta en una ventana abierta al alma. No me gustan los artificios ni las cosas innecesarias. Quiero que el poema sea algo muy pulcro.
Entrevista publicada en La Rioja el 15 de diciembre de 2025 en versión papel y web.